El sentido cristiano del descanso (3 de 3)
Descansad, hijos, en la filiación divina. Dios es un Padre, lleno de ternura, de infinito amor. Llamadle Padre muchas veces, y decidle –a solas– que le queréis, que le queréis muchísimo: que sentís el orgullo y la fuerza de ser hijos suyos.
Esa fuerza de ser hijos de Dios conduce a un trabajo más sacrificado, a una mayor abnegación, hasta abrazar la Cruz de cada día con la fuerza del Espíritu Santo, para cumplir ahí la Voluntad de Dios, sin desfallecer; permite trabajar sin descanso, porque el cansancio del trabajo pasa a ser redentor.
Entonces, vale la pena empeñarse con todas las energías en la tarea porque ya no sólo se están obteniendo frutos materiales, sino que se está llevando el mundo a Cristo.
Cuando se trabaja con esa disposición, más allá del esfuerzo humano de hacer fructificar los talentos, aparece el fruto sobrenatural de paz y alegría: Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor, y la fecundidad apostólica: Muy bien, siervo bueno, porque has sido fiel en lo poco, ten potestad sobre diez ciudades.
Por lo tanto, el trabajo «no puede consistir en el mero ejercicio de las fuerzas humanas en una acción exterior; debe dejar un espacio interior, donde el hombre, convirtiéndose cada vez más en lo que por voluntad divina tiene que ser, se va preparando a aquel “descanso” que el Señor reserva a sus siervos y amigos».
En el episodio de la Transfiguración se narra que seis días después de anunciar su Pasión y muerte, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos.
Santo Tomás, comentando este pasaje, relaciona el día séptimo en el que Dios descansó de la obra creadora con el séptimo día –seis días después– en que el Señor se manifestó a sus discípulos para mostrarles un anticipo de la Resurrección gloriosa, para que, levantando la mirada, no se quedasen en una visón terrena.
Los tres discípulos, admirados ante la contemplación de la gloria, ante la presencia del fin al que están llamados, expresan la alegría de descansar en el Señor y con el Señor: qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas –afirma Pedro–, viviendo anticipadamente la alegría y la paz del Cielo. Ese momento no iba a perpetuarse todavía.
Sin embargo, la luz y la paz del Tabor serán fuerza para continuar el camino que, pasando por la Cruz, conduce a la Resurrección. También nosotros hallamos descanso en el abandono filial: la paz y la serenidad de quien sabe que detrás del cansancio, las dificultades y las preocupaciones propias de nuestra condición terrena, hay un Padre eterno y omnipotente, que nos sostiene. Trabajar con visión de eternidad evita preocupaciones inútiles y desasosiegos infecundos y anima cualquier tarea con el deseo de ver definitivamente el rostro de Cristo.
Santificar el descanso, y especialmente el domingo –paradigma del descanso cristiano que celebra la Resurrección del Señor–, ayuda a descubrir el sentido de eternidad y contribuye a renovar la esperanza: «el domingo significa el día verdaderamente único que seguirá al tiempo actual, el día sin término que no conocerá ni tarde ni mañana, el siglo imperecedero que no podrá envejecer; el domingo es el preanuncio incesante de la vida sin fin que reanima la esperanza de los cristianos y los alienta en su camino».
SANTIFICAR EL DESCANSO Y LAS DIVERSIONES
Los primeros cristianos vivían su fe en un ambiente hedonista y pagano. Desde el principio, se dieron cuenta de que no se puede compatibilizar el seguimiento de Cristo con formas de descansar y de divertirse que pervierten y deshumanizan. San Agustín, en referencia a espectáculos de este tipo, decía en una homilía: «Niégate a ir, reprimiendo en tu corazón la concupiscencia temporal, y mantente en una actitud fuerte y perseverante».
No es extraño que se repitan ahora, en ambientes neopaganos, manifestaciones clamorosas de esa indigencia espiritual. Es preciso discernir «entre los medios de la cultura y las diversiones que la sociedad ofrece, los que estén más de acuerdo con una vida conforme a los preceptos del Evangelio». No se trata de permanecer en un ambiente cerrado.
Es necesario ponerse en marcha, con iniciativa, con valentía, con verdadero amor a las almas, de modo que cada uno nos esforcemos para transmitir en los ambientes sociales el sentido y el gozo cristiano del descanso. Es una labor importante para cada uno la creación de lugares en los que impere un tono cristiano en las relaciones sociales, en las diversiones, en el aprovechamiento del tiempo libre.
Jesús, María y José nos muestran cómo hay en la vida familiar tiempo para el descanso y para la fiesta: iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. La familia, espacio espiritual, es una escuela para aprender a descansar pensando en los demás. Para ello conviene programar bien las vacaciones, emplear los tiempos de descanso para estar con los hijos, para conocerles bien y conversar con ellos, para jugar con los más pequeños... Es preciso aprender a pasarlo bien en familia, sin caer en la solución fácil de dejar a los más jóvenes solos frente al televisor o navegando en Internet.
En este sentido, seleccionar en la televisión cuáles son los programas más interesantes y verlos junto a los hijos, o enseñar a utilizar el ordenador con sobriedad, sabiendo en cada momento para qué se usa –principalmente como herramienta de trabajo–, adquieren hoy una importancia no pequeña.
El Evangelio de San Lucas muestra también cómo el niño Jesús, movido por el Espíritu Santo, aprovecha la subida a Jerusalén con motivo de la fiesta de la Pascua para iluminar a los hombres: Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas.
El descanso no es una interrupción de la tarea apostólica. Al contrario, abre nuevas posibilidades, nuevas ocasiones de profundizar en la amistad y conocer personas y ambientes a los que llevar la luz de Cristo. El Concilio Vaticano II anima a todos los cristianos a esta imponente labor: a cooperar «para que las manifestaciones y actividades culturales colectivas, propias de nuestro tiempo, se humanicen y se impregnen de espíritu cristiano»- La Iglesia está necesitada de personas que actúen, con mentalidad laical, en este campo de la nueva evangelización. Urge recristianizar las fiestas y costumbres populares. –Urge evitar que los espectáculos públicos se vean en esta disyuntiva: o ñoños o paganos. Pide al Señor que haya quien trabaje en esa labor de urgencia, que podemos llamar “apostolado de la diversión”.
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